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Seguridad - 22/09/2017

“Nuestros hijos pasan demasiado tiempo solos”

4 min Tiempo de lectura

Entrevista a José Antonio Luengo Latorre, profesor de la Universidad Camilo José Cela y psicólogo experto en adolescentes.

 

En la actualidad, ¿estamos educando bien a nuestros hijos? ¿Esto cómo afecta a las nuevas tecnologías?

En mi modesta opinión, no estamos en el mejor momento, precisamente, en lo que se refiere a pautas educativas de naturaleza cotidiana, del día a día. Y este problema se suma a otros de no poca relevancia: la escasez de tiempo y su calidad por parte de los padres; la deriva hacia estructuras familiares de hijo único; niños y adolescentes en sus pequeños y cómodos “apartamentos” con dispositivos que ahondan en una experiencia ciertamente individualista de vida y relaciones, e hiperconectividad.

Valores y límites se adquieren y experimentan en la convivencia, en la cotidianeidad de las relaciones, en el conflicto, en la colaboración, en la escucha, en el modelaje, en las risas y en los enfados, en la diversión compartida, en el diálogo, incluso, de las miradas. Y, hoy, falta tiempo para eso.

 

En este aprendizaje, ¿qué papel tienen los adultos? ¿Y los hermanos y amigos?

Desde bien pequeños, aprendemos a leer e interpretar el mundo que nos rodea gracias a las personas que forman parte de nuestros núcleos de convivencia. De las relaciones, de las palabras, de las miradas, de las sonrisas.

Y los adultos (los padres, los hermanos y por supuesto los abuelos) somos imprescindibles en esos procesos. Si vamos a echar algo de menos en breve (ya está ocurriendo, creo) es el disfrute del tiempo para estar juntos, en ocasiones, sin nada que hacer, desayunar, comer o cenar juntos, ver juntos la tele, jugar juntos a algo, debatir o argumentar sobre cosas que pasan y nuestro lado y que no son neutras.

Nuestros hijos pasan demasiado tiempo solos. La calle lleva tiempo desapareciendo del escenario de juegos entre chicos, de sus patrones de relación y comunicación. Y esta circunstancia, también es relevante en la configuración.

 

En este aprendizaje, ¿qué papel tienen los adultos? ¿Y los hermanos y amigos?

Desde bien pequeños, aprendemos a leer e interpretar el mundo que nos rodea gracias a las personas que forman parte de nuestros núcleos de convivencia. De las relaciones, de las palabras, de las miradas, de las sonrisas.

Y los adultos (los padres, los hermanos y por supuesto los abuelos) somos imprescindibles en esos procesos. Si vamos a echar algo de menos en breve (ya está ocurriendo, creo) es el disfrute del tiempo para estar juntos, en ocasiones, sin nada que hacer, desayunar, comer o cenar juntos, ver juntos la tele, jugar juntos a algo, debatir o argumentar sobre cosas que pasan y nuestro lado y que no son neutras.

Nuestros hijos pasan demasiado tiempo solos. La calle lleva tiempo desapareciendo del escenario de juegos entre chicos, de sus patrones de relación y comunicación. Y esta circunstancia, también es relevante en la configuración.

Las denominadas pedagogías escolares emergentes, y coincido plenamente con esta visión, sitúan el norte y objetivo en la consideración del potencial de las TIC enmarcadas en una nueva cultura del aprendizaje. Ni los cambios en los paradigmas pedagógicos clásicos ni todos los avances tecnológicos, ni todos los cambios sociales han tenido un efecto directo, evidente y claro en la escuela. Es más, los cambios en las prácticas didácticas de la mayoría de las aulas atribuibles a la integración de las TIC han sido hasta la fecha escasos, superficiales o directamente inexistentes (Adell, J y Castaneda, L. 2015).

Las pedagogías que miran hacia el futuro y la verdadera integración de las TIC incorporan teorías y concepciones educativas clásicas, como el aprendizaje basado en proyectos o el aprendizaje cooperativo con planteamientos ciertamente novedosos en nuestro entorno como el conectivismo o la superación de los límites entre los contextos tradicionales de aprendizaje (la escuela, las aulas), y la experiencia vital. Espacios donde el papel de los otros es imprescindible.

 

¿Por qué hay personas que necesitan enseñar su vida a través de las redes sociales?

Bueno, puede que esta circunstancia obedezca a una toxina que anida en nuestro ser individual y colectivo desde la noche de los tiempos. La necesidad de documentar todo lo que hago y luego mostrarlo. Parecería que si no lo muestro no lo he vivido. Pero esto tiene mucho que ver, insisto con una forma un tanto narcisista de estar en la vida.

 

¿Están las redes sociales potenciando nuevas conductas?

Pequeños y grandes, nos hallamos inmersos en nuevos escenarios. Implicados. Metidos hasta el fondo. Y surgen fenómenos especialmente singulares. Por ejemplo:

  • El Phubbing: Un término que surge de la fusión de phone (teléfono) y snubbig (desairar, despreciar, menospreciar) para definir una situación en la que las personas implicadas físicamente pueden ignorarse durante el tiempo en que, en teoría, están relacionándose.
  • Alone togheter: Juntos pero solos, o estar en cuerpo pero no en alma…
  • Nomofobia: el término, que proviene del anglicismo no mobile phone phobia, hace referencia a la ansiedad que sufren los usuarios de teléfonos móviles cuando se quedan sin acceso a este dispositivo, sin cobertura o sin conexión a internet.
  • FOMO: Cada vez son más las personas que sienten que su vida es mucho menos interesante que la de sus conocidos y que tienen siempre la sensación de estar perdiéndose algo. Las redes sociales, en las que solo se cuenta lo bueno, se están convirtiendo en un nuevo elemento de agobio que ya tiene nombre: FOMO, Fear of Missing Out.

 

Parece que todo es negativo…

¿Y qué esperábamos? Vivimos en un mundo marcado por señas de identidad estrechamente ligadas al uso, en ocasiones inconmensurable, de las TIC. Un mundo marcado por la impaciencia, señalado por un alto grado de intranquilidad por algo que se espera o se desea: resultados de mis gestiones, respuesta a mis correos o mensaje, valoración de lo que exhibo… Un mundo inmediato, marcado por la rapidez, casi la instantaneidad; sin dilación. Un mundo, también, imperecedero, perdurable para siempre. Lo que digo, muestro, hago, exhibo… Ahí estará. Hasta hace muy poco, al menos, imborrable e inolvidable… Y un mundo donde la infoxicación (Cornella, A.) entendida como el exceso de información, acaba por atraparte. Algo parecido a lo que se entiende como information overload. Es decir, estar siempre on, recibir centenares de informaciones cada día, a las que no puedes dedicar tiempo. Es no poder profundizar en nada, y saltar de una cosa a la otra. Es el resultado de un mundo en donde se prima la exhaustividad (“todo sobre”) frente a la relevancia (“lo más importante”).

Y en este mundo, vivimos y nos relacionamos. Nuestros chicos y adolescentes también claro. Un mundo emergente con cierto grado de ceguera ética (James, C. 2015), y con una forma de relacionarnos, que, con pocas dudas, está modificando sustancialmente el modo y las prioridades en el trato cotidiano. Y esto, precisamente, no es baladí. Solo pensar que voy a cenar con algunas personas y que acabamos (es un decir, porque puede pasar casi desde el principio de la velada) cada uno tocando desenfrenadamente la pantalla de nuestro móvil… Es como un mal. No menor.

 

Entrevista realizada por el equipo de comunicación RC y Sostenibilidad de Telefónica

 

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