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Identidad Digital - 11/01/2021

Pantallas en casa: ¿cómo crear una estrategia digital familiar?

4 min Tiempo de lectura

Pasamos de página y el 2020 ya forma parte del recuerdo. Sin embargo, dejó su huella: para la historia será, entre otras cosas, el año que cambió radicalmente nuestra manera de relacionarnos con las pantallas. Internet se convirtió en una especie de cordón umbilical -en palabras de la filósofa Marina Garcés– que nos permitió, ante el confinamiento, seguir conectados y conectadas con nuestros afectos, el estudio y el trabajo. También fue fundamental para jugar, distraernos, hacer deportes y hasta realizar consultas médicas. Pasaron las fiestas y en muchas familias niños y niñas recibieron como regalo algún tipo de tecnología digital: móviles, consolas, videojuegos, ebooks o tabletas. Lo cual nos enfrenta a un desafío: plantear el ejercicio práctico de elegir cómo se van a utilizar esas pantallas en casa.

Las tecnologías no son ni buenas ni malas, pero tampoco son neutras: son históricas, como dice la antropóloga Paula Sibilia. Suponen ciertos modos de vivir y no otros, transmiten ciertos valores y determinan la manera en que constituimos nuestra identidad, pensamientos y relaciones con los demás. Esta concepción sociohistórica de la tecnología, que nos otorga la posibilidad de considerarlas como herramientas, también nos obliga a asumir la responsabilidad, en tanto adultos, de que el uso que le den los niños y las niñas sea en pos de favorecer sus derechos, crecimientos y desarrollos.

La idea tan instalada en el imaginario colectivo de que los niños y las niñas nacidas luego de determinado año son nativos digitales, nos ha causado mucho daño. Principalmente, nos ha hecho suponer que nacen, de manera innata, con un set de habilidades que les permiten manejarse en los ecosistemas digitales sin mayores dificultades ni inconvenientes. Sin interrogantes. Por el otro, según la dicotomía acuñada por Marc Prensky, los adultos somos poco más que inútiles, inmigrantes digitales que poco entienden y casi nada pueden aportar. Lo cierto es que debemos comenzar a deshacer esta dicotomía. Urgente. Los chicos y las chicas no nacen con saberes digitales dados, sino que deben ser habilitados y propiciados tanto por la escuela como por su familia. Las habilidades instrumentales y reflexivas deben comenzar a ser parte de la crianza y la educación de todos y todas.

La exposición de niños y niñas frente a las pantallas comienza a edades cada vez más tempranas. Por tal motivo, es necesario instalar la idea de que ese inicio digital, así como la presentación diaria de dispositivos en casa, debe partir de una estrategia familiar acorde a las realidades, posibilidades y decisiones de cada una. No hay estrategias buenas o malas, lo importante es que exista alguna y que surja de la reflexión.

Para llegar a esta estrategia debemos hacernos diversas preguntas que nos permitan pensar la relación de los más pequeños con las pantallas como un triángulo donde nosotros seamos un vértice constitutivo. ¿Qué tipo de dispositivos presentaremos primero? Se recomienda que los de uso individual, como móviles o tablets, esperen unos años ya que dañan la vista y, principalmente, nos dan un menor margen de acompañamiento. ¿Qué contenido verán? Internet ofrece una variedad de propuestas y, así como seleccionamos juguetes o libros, debemos elegir qué contenido está alineado a nuestra forma de crianza y valores. ¿Cómo me vuelvo presente en el entorno digital?

Esta pregunta es clave y va a depender de las rutinas familiares. Es por eso que surge como necesario que existan momentos de conexión compartida, donde debatir sobre lo visto. Si esta posibilidad no existe, compensar luego mediante conversaciones atentas lo que se haya visto en las pantallas. ¿Quién decide, limita y sienta normas? Los adultos, siempre. Por más que haya más o menos pantalla, es clave que seamos los adultos quienes decidamos cuándo, cuánto y cómo. Los chicos y chicas no saben autorregularse y no debemos pretenderlo. ¿De dónde aprenden sobre Internet los más pequeños? Sabemos que niños y niñas aprenden valores y cuidados por referencia e imitación. Es necesario hacer un autodiagnóstico de cómo mostramos los adultos nuestro propio vínculo con la tecnología y, a partir de allí, repensar qué prácticas queremos modificar y cuáles mantener. ¿Cuál es la principal herramienta de cuidado? Nada mejor que el diálogo. No existe filtro ni app que reemplace la conversación atenta, abierta, franca y cotidiana sobre Internet. Si esperamos a que surja algún problema, estamos llegando tarde. ¿A qué edad debe mi hijo….? No existen edades ideales (aunque sí legales) para brindar dispositivos, abrir cuentas de redes sociales o juegos online. No es matemática. Nadie conoce mejor a los chicos y las chicas que su familia, y dependerá de su trayecto personal, temperamento y experiencias, comprender cuándo está listo para cada situación.

Existe un desafío interesante en la forma en que, como adultos, transitamos el pasaje del acompañamiento de niños y niñas en primera infancia, al acompañamiento de preadolescentes y adolescentes. La presencia se transforma, dejando de lado lo físico (por necesidad de una indispensable privacidad) y haciendo cada vez más necesaria la fuerza del diálogo formativo y preventivo. En estas edades es indispensable charlar cotidianamente sobre gustos, usos y preferencias digitales (los suyos y los nuestros) y ampliar debates, como por ejemplo la educación sexual, a estos entornos mediados por pantallas. Elegir a quién le enviamos una foto, saber qué es el consentimiento, el respeto hacia los demás y cuáles son aquellas acciones que pueden dañar a otros, se vuelven constitutivas de la crianza y la educación actual. Nadie pretenderá que las familias tengan una cuenta en Tik-Tok o jueguen a Roblox, pero sí deben poder conocer sus características para acompañar desde el conocimiento. Para ser adultos también en Internet debemos primero empatizar. Para los y las jóvenes la privacidad tiene otras características, la aceptación o rechazo se mide por likes y los vínculos se nutren de lo digital. Conocer las plataformas, sus interacciones y sus modos, y estar permeables a cómo lo viven, es el ABC para un acompañamiento de calidad.

Lo que ellos y nosotros hacemos en Internet debe dejar de ser un tema tabú. Instalar el diálogo sobre lo que nos gusta, las formas que tenemos nosotros también de cuidarnos y, sobre todo, la escucha atenta y genuina sobre sus intereses y preocupaciones, es la base de todo acompañamiento digital, a toda edad. Una segunda instancia clave es qué hacemos a partir de ese diálogo. Lo provechoso sería que esas conversaciones libres de prejuicios alimenten la empatía y el interés, claves para que podamos acompañar como necesitan.

No hay tiempo que perder. Nuestros hijos e hijas están ocupando un espacio público (en muchos casos) con pocas herramientas de cuidados y convivencia sana. Educarlos en valores, tanto vinculares como ciudadanos, implica incorporar lo digital de forma urgente. El tiempo es hoy: el futuro ya llegó.

 

Autor: Lucia Fainboim, directora de Educación de Faro Digital.

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